22 ene. 2018

El anillo de margaritas

Cuando las clases terminaron, apresurada, me dirigí a la torre de la pequeña capilla. Mientras recorría los enormes patios de jazmines que daban paso al pórtico de madera releía, una y otra vez, el mensaje en papel que Jimmy me había dejado en la taquilla: "Me expulsan de St. Marcelo, reúnete conmigo en la capilla después de las clases". Hacía tiempo que no ibamos a la iglesia y su imponente visión en piedra, extrañamente, me erizo tanto como el susurro de una premonición velada. Al abrir la puerta de madera impetuosamente, un haz de polvo y luz impactaron sobre la cabeza del Cristo que encumbraba el retablo del transepto. Las palomas que dormitaban sobre las bóvedas volaron emitiendo un sonido sordo. Las monjas apartaron sus mentes de la oración para comprobar quien perturbaba la palidez de Cristo con un rayo de mundanal exterior en guerra. Aquello me hizo sentir avergonzada y cerré la puerta sobre mis espaldas lo más rápidamente posible. Me presigné y, cuando deje de ser el blanco de todas las miradas, comencé a recorrer el transepto buscando la hermosa cabellera de Jimmy entre los velos opacos de las monjas. Estaba arrodillado, en la primera fila, con sus manos y cabeza doblegados ajeno a todo lo que ocurría en la iglesia. Ni siquiera se percato del traqueteo de mis pasos acelerados.
- Jimmy, ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te expulsan?- pregunté impaciente cuando llegue a su lado.
- Shhh... Baja la voz, nos van a descubrir. ¿Acaso quieres que me echen ya?
Jimmy clavo sus pupilas esmeraldas en mi rostro sabedor de que aquella última pregunta no era solo un chiste. Horas antes, hubiera pagado porque lo mandaran a las antípodas. La imagen del suceso ocurrido por la noche aún no se borraba de mi mente pero la idea de que estuviera en peligro o pudiera ser enviado a un campo de "investigación" era supervivencia pura. Al fin y al cabo, Jimmy es mi "gemelo" y un lazo invisible nos une desde antes de nacer. O eso dicen.
- Había una cámara más que no tapamos cuando robamos los documentos.- confesó cuando me arrodillé a su lado y agaché la cabeza en acto fingido de plegaría.- No te preocupes. Solo me expulsan a mi. Tú no apareces en las grabaciones.
- ¿Pero cómo...?- Mi voz sonó más aguda de lo habitual, intente moderarla enlazando mis manos y apoyando mi cabeza en ellas devotamente.- ¿Y a dónde te mandan?
- Me llevan a una colonia. Aún no se muy bien cual será mi función si soldado o civil pero no me perderán. Soy... Somos valiosos, Ashley. Nuestro ADN es especial y por lo tanto irremplazable.
Jimmy siempre fue más optimista que yo, era un hecho. Sus pupilas orondas se llenaban de la misma incandescencia del sol y hacía que todos los oyentes creyeran ciegamente en la luz que desprendían sus palabras. Lamentablemente aquella afirmación no era del todo cierta. Puede que él fuera Especial porque había desarrollado poderes extraordinarios pero eso no me convertía en "irremplazable" también a mi. Él era el "eslabón perdido", yo simplemente humana.
- Volveré a por ti.- Perjuró sobre mi largo silencio.
- No tienes que volver a por mi. Tienes que buscar una compañera y continuar la estirpe de Especiales que protejan la tierra. Es nuestra misión en tiempos de guerra. Tu ADN es único en el universo, recuerdalo.
- Es cierto, nuestro ADN es único en el universo.- recapacitó mirando el gran Cristo de madera que se cernía sobre nuestras cabezas.- Cásemonos, Ashley.
- ¿¡Jimmy, estas loco!? ¡Somos hermanos!
Él me tapió la boca con su dedo para que dejara de gritar. Cuando focalicé sus ojos de color heno llenos de paz, comprendí que había meditado mucho aquella proposición. Dejó rodar un pulgar por mi mejilla y estrechó mis manos cobijándolas en las suyas.
- ¿Quién dice que seamos hermanos, boba? ¿Solo por qué unas monjas nos encontraran juntos al nacer? Además, tú siempre dices que no nos parecemos en nada y llevas razón: Eres tan diferente a mi, Ashley. 
- Yo no...
- No hace falta que me contestes ahora. Piénsalo. Volveré a por ti y entonces... escucharé lo que tengas que decir. 
La franqueza de sus palabras y su solemnidad hicieron que enmudeciera ante su petición. Baje la mirada, quizás para no perderme en la intensidad de sus ojos y llorar de dolor. Y entonces de entre sus manos, como si de un truco de magia se tratase, broto un anillo hecho de margaritas silvestres.
- Son las flores donde todas las tardes nos tumbamos a mirar el cielo soñando con ser libres.- confeso, tomando mi mano.- Y aquí, ante Dios, en la misma capilla donde comenzó nuestra historia al nacer, te hago entrega de un simbolo de mi promesa: Volveré a por ti y te protegeré. Porque siempre fuiste y serás la mitad de mi existencia. Porque eres especial, Ashley.