14 ago. 2014

Viktor Andrew Shelton no morirá en el apocalipsis. Al menos, no de amor.


A mi persona más valiosa.
A esa que siempre me pregunta que haré cuando se acabe el universo:

El universo se expandirá y, a la vez, se contraerá a la velocidad de la luz. Será el fin para todo, para todos. Como un parpado que encierra una púpila. La belleza del iris tapiada. En tres, dos, uno... Aire y eco. Crash. En ese momento, habrá una pareja de ancianos haciendo el amor. Con su largo cabello plata sobre el abdomen de él, ella gritará 'Ah'. Experimentará su primer orgasmo. En el punto donde se origine el primer atisbo de fin, habrá tres osos hibernando en una madriguera del Ártico. Será el osezno, que se zafa, el que explore por primera vez el exterior y descubra que una gran mancha de fuego se cierne sobre la nieve. Hasta ese momento sólo habrá conocido nueve tipos de tonalidades de blanco y una de naranja. En la ciudad de las luces sintéticas, un japones de mediana edad se pondrá las zapatillas, encenderá la tele y observará, como siempre, a su amor platónico anunciarlo. Se tomará 138 comprimidos de tranquilizantes y lamentará de una manera que no imaginas no haber conocido a la chica de las noticias. Los filósofos tendrán todos la misma visión, la veraz utopía. Los banqueros, la ignominia. Los asesinos, no morirán por el fuego, sino por el miedo. Una tortuga desafiará el cientificismo de una manera burlesca, correrá a la par que un conejo. Habrá pájaros revoloteando. Y murciélagos, y cientos y cientos. Pero si me preguntas a mi, a mi, que qué haría. Te diría que estaría haciendo lo mismo que miles de billones de seres: el descrédito de lo que siempre fui y lo que más quiero. No sería nada extraordinario puesto que lo que más quiero son las palabras. ¿O qué pensabas que sería a ti? Inútil cursilería la que nos enseñan.
Yo me preocuparía por nombrar palabras, y enunciarlas, y enumerar todas las que sé. Todas aquellas que me han dado conocimiento. Las que me hacen y conforman mis manos, mis dedos, la más misera chispa de mi ingenio. La palabra que soy. Es la ciencia más correcta que la de ningún ser humano la que yo practico. ¿O qué crees, las matemáticas? Bah, los números no catalogan nada. Solo secuencias. ¿Y qué son las secuencias en un mundo de caos? Pero si me preguntas que palabras pronunciaría las últimas, te diría sin dudarlo que las que dan fe. No hay ninguna palabra certera, solo los conceptos en los que el individuo crea. Y si dios, con su cómoda inexistencia y yo con mi incredulidad congénita, no te salva de la quema. Yo te haría eterna en mi más valioso soliloquio y mi más eficaz ciencia.
Tú, tú, tú, tú, tú, tú y mil veces tú. Si concebimos un mundo gracias a las palabras y construimos a dios de la nada. Tú seguirás viva por dos silabas que, tras el crash, siempre se repitan como certeza en la mente del ser que inventa.

Tú.
A la persona que más valiosa en una palabra poseo.

2 comentarios:

  1. Fantástico. Y muy ingenioso

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  2. Escribes bonito hasta el mismísimo fin del mundo.

    Me quedo por aquí,
    y gracias por pasarte por mi blog.

    Un abrazo,
    S.

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